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2.23.2010

Edipo Rey



Edipo Rey es, en opinión de muchos, la más grande de las tragedias griegas. La estructura perfecta de su trama, ha sido admirada desde los tiempos de Aristóteles hasta nuestros días. La obra se puede fechar en torno a los años 429-426 a.c.

Edipo, descendiente de la casa real de Tebas, recibe ya al nacer la maldición del oráculo, según la cual dará muerte a su padre Layo y será el causante de la ruina de su familia; por tal motivo, Edipo al nacer, es llevado por un pastor a las montañas para dejarlo abandonado con los pies atados , para que así encontrara su muerte; pero el pastor encargado de abandonarlo en el monte se apiada de él y lo entrega a un pastor de Corinto. Así, Edipo, con su pie siempre hinchado, va a dar a manos de Polibio y Peribea, reyes de Corinto, a quienes considera sus verdaderos padres.

Edipo creció pues, bajo el cuidado de Polibio y Peribea, y al llegar a los catorce años ya era muy ágil en todos los juegos gimnásticos levantando la admiración de muchos oficiales del ejército que veían en él a un futuro soldado. Uno de sus compañeros de juegos, con la envidia que le producían las capacidades de Edipo lo insultó y le dijo que no era más que un hijo adoptivo y que no tenía honra. Ante todo lo que había escuchado y atormentado por las dudas, Edipo preguntó a su madre si era adoptivo o no, pero Peribea, mintiendo, le dijo a Edipo que ella era su auténtica madre. Edipo, sin embargo, no estaba contento con las respuestas de Peribea y acudió al oráculo de Delfos, quien le pronosticó que él mataría a su padre y se casaría con su madre. Edipo, espantado, resuelve no regresar jamás a Corinto y parte a pie hacia Tebas.

En un lugar donde el camino se trifurca se encuentra con layo, su padre, y algunos de sus sirvientes; Layo está disfrazado con el objeto de que no se le reconozca como el rey. Se inicia una violenta discusión por que no lo quieren dejar pasar, y Edipo golpeado brutalmente en la cabeza, logra matar a sus atacantes, menos a uno, el mismo pastor a quien Layo había dado al niño Edipo para que lo dejara perecer en las montañas. El pastor escapa.

Siguiendo por el mismo camino, Edipo oye hablar de la Esfinge, horrible criatura que sembraba el terror entre la población planteando enigmas y devorando a los tebanos, que eran incapaces de resolverlos. La Esfinge tenía cabeza, cara y manos de mujer, voz de hombre, cuerpo de perro, cola de serpiente, alas de pájaro y garras de león y desde lo alto de una colina detenía a todo aquel que pasara junto a ella y le hacia una pregunta, y si no se la contestaban, la Esfinge les provocaba la muerte. Pero quien diere solución a la adivinanza pasaría libremente.
Edipo se enfrenta a la terrible bestia y pregunta la adivinanza: “Existe sobre la tierra un ser bípedo y cuadrúpedo, que tiene sólo una voz, y es también trípode. Es el único que cambia su aspecto de cuantos seres se mueven por tierra, por el aire o en el mar. Pero, cuando anda apoyado en más pies, entonces la movilidad en sus miembros es mucho más difícil” .

A lo cual responde Edipo, “Escucha, aún cuando no quieras, musa de mal agüero de los muertos, mi voz, que es el fin de tu locura. Te has referido al hombre, que, cuando se arrastra por tierra, al principio, nace del vientre de la madre como indefenso cuadrúpedo y, al ser viejo, apoya su bastón como un tercer pie, cargando el cuello doblado por la vejez” .

La esfinge, vencida, se arroja furiosa en un abismo y se mata. Edipo es ahora el héroe de Tebas y, sin saber que es el asesino de su padre, entra triunfante en el corazón de la ciudad de su progenitora Yocasta, y sin saberlo desposa a su madre y se convierte en el rey Edipo.

La historia de Edipo, tal como se ha esbozado hasta aquí, es el antecedente de la apertura de la obra teatral.

Al iniciarse el drama de Sófocles, ha caído una plaga sobre la ciudad y se solicita ayuda al rey Edipo. Su tío Creonte , hermano de Yocasta, le dice a Edipo que los dioses han afirmado que un ser corrupto se halla en la ciudad: el asesino del anterior rey Layo está oculto en ella. Edipo, que nada sabe de sus padres reales, también ignora que ha matado a su padre, él se sabe justo a sus propios ojos; entonces pregunta cómo el asesino pudo escapar por tiempo tan prolongado. ¿Compraría el silencio mediante soborno? Probemos un poco el dulce sabor de la métrica griega, atendamos el diálogo, regalo de Sófocles:

CREONTE: Él murió y ahora nos prescribe claramente que tomemos venganza de los culpables con violencia.
EDIPO: ¿En que país puede estar? ¿Dónde podrá encontrarse la huella de una antigua culpa, difícil de investigar?
CREONTE: Afirmo que en esta tierra. Lo que es buscado puede ser cogido, pero se escapa lo que pasamos por alto.
EDIPO: ¿Se encontró Layo con esta muerte en casa, o en el campo, o en algún otro país?
CREONTE: Tras haber marchado, según dijo, a consultar al oráculo, y una vez fuera, ya no volvió más a casa.
EDIPO: ¿Y ningún mensajero ni compañero de viaje lo vio, de quien informándose, pudiera sacarse alguna ventaja?
CREONTE: Murieron, excepto uno, que huyó despavorido y sólo una cosa pudo decir con seguridad de lo que vio.
EDIPO: ¿Cuál? Porque una sola podría proporcionarnos el conocimiento de muchas, si consiguiéramos un pequeño principio de esperanza.
CREONTE: Decía que unos ladrones con los que se tropezaron le dieron muerte, no con el rigor de una sola mano, sino de muchas.
EDIPO: ¿Cómo habría llegado el ladrón a semejante audacia, sino se hubiera proyectado desde aquí con dinero?
CREONTE: Eso era lo que se creía. Pero, después que murió Layo, nadie surgió como su vengador en medio de las desgracias.
EDIPO: ¿Qué tipo de desgracia se presentó que impedía, caída así la soberanía, averiguarlo?
CREONTE: La Esfinge, de enigmáticos cantos, nos determinaba a atender a lo que nos estaba saliendo al paso, dejando de lado lo que no teníamos a la vista .

En otras palabras, nos encontramos aquí de nuevo con la historia de la Esfinge. Mientras ésta sembraba el terror en los corazones y exigía tributos a los ciudadanos no se preguntaban si el padre había sido muerto por el hijo. Y como Edipo, sin saberlo había roto ese tabú, la ciudad de Tebas se estaba pudriendo ahora.

Continuando con la historia; Edipo, inocentemente se propone encontrar al asesino de Layo, y dice:

Pues al tratar de borrar este baldón, no persigo el bien de amigos extraños; mi propio bien persigo; que quien dio la muerte a Layo, quizá pronto pondrá sus impías manos sobre mi mismo. Así pues, auxiliando a aquel me ayudo a mí mismo .

Posteriormente Edipo agrega. Al solicitar a su pueblo que señale al, asesino oculto:

Por todo esto yo, como si mi padre fuera, lo defenderé y llegaré a todos los medios tratando de capturar al autor del asesinato .

Después de que Edipo ordenase el esclarecimiento del asesinato de Layo, sin importar los muchos años que habían pasado desde ese crimen, sigue este parlamento:

CORIFEO : Puesto que con juramentos me obligas, con juramento te hablaré: ni soy yo el asesino, ni sé donde para él. Aunque, a la verdad, esto de delatar al delincuente, incumbencia era de Febo que mandó buscarle .

El corifeo inicia entonces un segundo parlamento en que sugiere que se llame a un profeta local, quien se supone está en contacto verbal directo con los dioses. Y el personaje Tiresias, igual que Edipo, es una figura legendaria de la mitología griega . Sigamos el desarrollo de la trama.

(Entra Tiresias con los enviados por Edipo. Un niño le acompaña)

EDIPO: ¡Oh, Tiresias, que todo lo penetras, lo decible y lo indecible, los arcanos del cielo y los secretos de la tierra! Ya ves, aun ciego como estás, de que plaga la ciudad está presa. Tú eres nuestra sola defensa y salvación…
TIRESIAS: ¡Ay! ¡Ay! ¡Que triste es saber cuando no le trae cuenta el que sabe! Estaba yo convencido de ello, pero lo había olvidado; no debía haber venido acá… Todos andáis descaminados. Jamás descorreré yo el velo de mis pesares, por no decir los tuyos .

Tiresias, en un comienzo se rehúsa a divulgar su discernimiento del misterio, más entonces Edipo lo acusa con las siguientes palabras:

Edipo: Sábete, que voy deduciendo que quien tramó el hecho fuiste tú, tú quien lo llevó a efecto, aunque con mano ajena, y si vista tuvieras, dijera que la obra fue toda tuya .

Ante lo cual Tiresias no puede ya contenerse y le grita a Edipo:

Tiresias: ¿De veras? Pues yo te hago saber que el peso de tus propias maldiciones descarga sobre ti mismo, y que de hoy más no has de poder hablar ni a éstos ni a mí, pues eres tú la plaga que tiene a esta tierra contaminada. Tú eres el asesino que andas buscando .

De inmediato Edipo se hace violentamente suspicaz, y sospecha que Tiresias lo que hace es seguir las indicaciones de Creonte (El hermano de Yocasta, madre de Edipo).

Edipo: ¡Oh riquezas, oh imperio, oh talentos sobre los demás aventajados en esta vida sembrada de envidias! ¡Cuántos son los celos que os acechan, pues hambreando este mando que puso en mis manos la ciudad graciosamente y sin pedirlo yo, piensa Creonte el fiel, el viejo amigo Creonte, desbancarme y suplantarme, echando por delante a este mago marrullero, tramposo, charlatán que no ve sino para explotar, y que en su arte es un cegatón .

Y nuevamente Edipo, en las palabras que siguen a las citadas, reafirma su derecho de ser juzgado por sus logros, es decir, que se le juzgue por su solución de la adivinanza de la Esfinge. Prosigue, dirigiéndose con insultos a Tiresias y al coro:

EDIPO: Porque, dime: ¿En qué has mostrado tu habilidad profética? ¿Por qué cuando estaba aquí la Esfinge con sus enigmas, no dijiste a estos ciudadanos cosa que los salvara? Y conste que el descifrar sus enigmas no era de un cualquiera; ciencia adivinatoria requería; la cual tu no supiste sacar ni de los cantos de las aves ni de dios alguno. Y yo, recién llegado, yo, Edipo el que nada ve, yo fui el que atajó la Esfinge, y con mi ciencia y sin mendigarla de los pájaros. Y soy yo el que tú pretendes ahora destronar, con la esperanza de sentarte algún día muy orondo junto al trono de Creonte. Creo que os va a costar lágrimas el celo por purificar esa tierra, a ti y a tu colega .

Sigamos la trama de la obra, después que tiresias proclama la culpabilidad de Edipo. Veamos el diálogo y la protesta de Creonte, hermano de la madre, cuando Edipo lo acusa de difamación.

EDIPO: ¿Cuánto tiempo hace que Layo…?
CREONTE: ¿Qué fue lo que hizo? No entiendo.
EDIPO: ¿…que desapareció con muerte violenta?
CREONTE: muchos y largos años se podría contar desde entonces.
EDIPO: ¿Ejercería entonces su arte ese adivino?
CREONTE: Sí, tan sabiamente como antes y honrado por igual.
EDIPO: ¿Hizo mención de mi para algo en aquel tiempo?
CREONTE: No, ciertamente, al menos cuando yo estaba presente .

A partir de este momento, el drama se desarrolla como una emocionante novela de misterio. Con una poderosa ironía, Edipo tratando de probar su inocencia, lo que prueba es su culpabilidad. Yocasta, al adivinar la verdad, se ahorca, y Edipo se arroja sobre ella y con su prendedor se pincha los ojos hasta quedar ciego.

Según otras versiones, el asesinato se descubrió porque Edipo le enseñó a Yocasta el cinturón del anciano al que había matado, y que Edipo robó por su valía. Yocasta, después de este descubrimiento se suicidó y Edipo, abrumado por la gran tragedia, creyó no merecer más ver la luz del día y se sacó los ojos con su espada. Sus dos hijos le expulsaron de Tebas y Edipo se fue al Ática donde vivió de la mendicidad y como un pordiosero, durmiendo en las piedras.

Con él viajaba Antígona que le facilitaba la tarea de encontrar alimento y le daba el cariño que requería. Una vez, cerca de Atenas, llegaron a Colono, santuario y bosque dedicado a las Erinias, que estaba prohibido a los profanos. Los habitantes de la zona lo identificaron e intentaron matarlo pero las hermosas palabras de Antígona pudieron salvar su vida. Edipo pasó el resto de sus días en casa de Teseo, quien le acogió misericordiosamente. Otra versión afirma que murió en el propio santuario pero antes de expirar, Apolo le prometió que ese lugar sería sagrado y estaría consagrado a él y sería extremadamente provechoso para todo el pueblo de Atenas.

Efraín Martínez de Luna

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